No hay ni habrá deflación; sólo bajan algunos precios, y eso es bueno dado el mal diagnóstico del Gobierno

16 abril 2009 at 10:47 1 comentario

La inflación es el aumento generalizado y continuo del nivel de precios. Inversamente, la deflación es la reducción generalizada y continua del mismo. Ambos son fenómenos que distorsionan el funcionamiento de la economía, lo que significa una asignación menos eficiente de los recursos, y de ahí menos empleo y bienestar del que sería posible alcanzar.

En marzo, el Indice de Precios al Consumo (IPC) tuvo un descenso interanual de 0,1%. Más allá de la magnitud mínima de la reducción, la definición anterior basta para decir que lo que tenemos ahora en España no es deflación.

El IPC se compone por 491 artículos. Haciendo a un lado la propia actividad económica, en el corto plazo los movimientos de los precios responden a cuestiones muy diversas. Por ejemplo, la estación del año (el caso del turismo, que sube en verano para luego caer), el clima (frutas y verduras, que suben en caso de sequía), decisiones administrativas (electricidad) y la fluctuación del valor del euro frente a otras monedas (cosa que afecta los precios de las importaciones). También está el caso de los combustibles, directamente afectado por el inestable precio internacional del petróleo.

Dado lo anterior, los economistas utilizamos una medida más estable de la inflación que consiste en quitar del IPC los artículos con precios más volátiles, como los combustibles y los alimentos. De ese modo obtenemos la inflación “básica”. Mientras, como mencioné antes, el IPC general se redujo 0,1% en los últimos doce meses, el IPC sin alimentos, bebidas, tabaco ni carburantes se incrementó 1,6%. Esto ratifica que en España no hay una deflación. El siguiente gráfico exhibe la variación interanual de cuatro grupos de artículos desde enero de 2002: IPC total, IPC “básico”, Productos energéticos y Alimentos, bebidas y tabaco.

2009-04_inflacionEn el gráfico se hace evidente que el pico de inflación del año pasado, de 5,3% en julio, coincidió con el máximo alcanzado también por los precios energéticos, de 21,4%. Ahora, que estos últimos precios presentan un descenso de 11,6%, se experimenta el fenómeno inverso. Cuando consideramos el IPC “básico”, la inflación pasó de un máximo fue de 2,7% en julio último (la mitad del incremento del IPC general) al 1,6% actual.

Si bien creo que, según lo anterior, queda claro que no vivimos una deflación, el lector aún puede considerar que sí la sufriremos en los próximos meses. Mi impresión es que eso tampoco ocurrirá. Como es ampliamente aceptado en la literatura económica, el determinante último del nivel de precios es la cantidad de dinero. Cuando ésta aumenta más deprisa que la cantidad de bienes, más tarde o más temprano (según incida el cúmulo de motivos de corto plazo antes señalado), los precios subirán. Es justamente la naturaleza monetaria del fenómeno inflacionario el motivo por el cual son los bancos centrales los que tienen como misión velar por la estabilidad de precios y no los ministerios de hacienda u otros organismos.

El Banco Central Europeo (BCE), precisamente para evitar el riesgo de deflación, está incrementando por diversos mecanismos la cantidad de dinero. Por ejemplo, la cantidad de dinero en circulación, la medida más básica entre las muchas disponibles, ha casi duplicado su ritmo de incremento interanual, desde cerca del 7% en julio y agosto pasados, hasta prácticamente 14% en el primer bimestre del año.

Descartado, a mi juicio, el riesgo de deflación, me atrevo a decir que la disminución registrada (y las que seguramente vendrán) del IPC español, de naturaleza circunstancial, es positiva. Es cierto que aún cuando limitado y ocasional, el descenso del nivel de precios es un mecanismo de ajuste económico innecesariamente doloroso y duro. Sin embargo, en el caso español, dado el mal diagnóstico de la situación económica que tiene el Gobierno, es un elemento favorable.

Por una parte, el descenso del precio de los combustibles constituye un desahogo para muchos sectores económicos, además de aliviar el desequilibrio exterior por las importaciones de petróleo. Por otra parte, las caídas de precios (que no son generalizadas) que provoca la recesión de la economía, si bien debilita la rentabilidad de las empresas, al mismo tiempo mejora el poder adquisitivo de los salarios, lo que junto con los menores tipos de interés (y su consecuente rebaja en las cuotas hipotecarias), es un auxilio importante para los consumidores. Una reducción moderada y paulatina de los precios también puede recortar el exceso de inflación que tuvo España en los últimos años en comparación con otros países de la Eurozona, contribuyendo a restaurar parte de la competitividad perdida. Desde luego que la disminución de otros precios no incluidos en el IPC, como el de la vivienda, mientras continúe siendo gradual, también resulta positivo, al desinflar una burbuja que se hinchó ante la irresponsable pasividad gubernamental.

El mayor riesgo que se enfrenta es que la orgía de gasto, déficit y deuda en la que se ha embarcado el Gobierno, al superponerse a la política antideflacionaria del BCE, desemboque en un nuevo y mayor exceso de inflación. Esto, además de neutralizar cualquier efecto benéfico del descenso del IPC, al producirse en un contexto de bajos tipos de interés (tipos de interés inferiores a la inflación), volvería a incentivar el endeudamiento del sector privado, colocando a España en una situación idéntica a la que condujo a la crisis que vivimos (ver el artículo del 6 de marzo) con el agravante de unas cuentas públicas fuertemente deficitarias.

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1 comentario Add your own

  • 1. antono  |  16 abril 2009 en 11:38

    Cualquiera lo diría leyendo las noticias que cada día aparecen en los periódicos.

    Problemas de deflación por un lado beneficios en la bajada de precios por otro, en fin, descontrol total de la economía.

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