Filipinas: ¿el futuro de Cataluña?

7 julio 2009 at 10:10 Deja un comentario

La aprobación de la ley de Educación de Cataluña, el 1º de julio, es fundamentalmente un intento más del nacionalismo regional para arrinconar el uso del español. Como se trata, entonces, de un instrumento de los independentistas (la ley “es la prueba del nueve de la utilidad del Estatut como herramienta de construcción del autogobierno nacional de Cataluña”, dijo Ernest Maragall, consejero de Educación de la Generalitat), no tiene sentido detenerse en sus aspectos puramente pedagógicos (aunque hay algunos interesantes, como el aumento de la autonomía de los centros educativos).

La nueva ley está siendo criticada desde un punto de vista jurídico (contradice el precepto constitucional de que todo ciudadano tiene el “deber” de conocer la lengua castellana) y se la objeta desde el ángulo de los derechos humanos (impide a los padres a escoger la lengua en que se escolarizan sus hijos). También tiene un costado tragicómico, dado que es impulsada por un gobierno catalanista encabezado por un natural de Córdoba, el president José Montilla, quien sólo a sus 16 años de edad se trasladó con su familia a Cataluña. Al ser criticado por su deficiente dominio del catalán, él mismo admitió que recibiría clases para mejorarlo. Reforzando el carácter grotesco de lo anterior, se dice que los hijos del Sr. Montilla estudian en un colegio privado alemán.

Sin restar importancia a las críticas anteriores, así como a otras que también podrían formularse, creo que no se está teniendo en cuenta el costo económico que tendrá la ley en caso de aplicarse como desean sus promotores. Se trata, en esencia, del costo que supone para una sociedad dejar de expresarse en un idioma con amplia difusión mundial para pasar a hacerlo en uno marginal. A pesar de tratarse de un daño que puede tardar décadas en hacerse evidente, no debería subestimarse.

El caso filipino es ilustrativo. En la primera parte del Siglo XX, bajo la dominación de EE.UU., el Inglés pasó gradualmente a ser el idioma común, imponiéndose sobre el Español (llegó a ser la lengua oficial, hablada por más de la mitad de la población), pero sin eliminar las decenas de lenguas autóctonas. Sin embargo, el nacionalismo se esforzó en la construcción de un idioma “nacional”.

En 1936, el Instituto Nacional de Lengua decidió que el Tagalog (un idioma nativo) sería la base de la lengua propia. La Constitución de 1973 llamaba a la Asamblea Nacional a “dar pasos hacia el desarrollo y adopción formal de una lengua nacional común, que será denominada Filipino”. La Constitución de 1987 declara al Inglés y al Filipino idiomas oficiales, estableciendo que el “Gobierno debe promover el uso del Filipino como medio de comunicación y de instrucción en el sistema educativo”. En 1991 se creó la Comisión de Lengua Filipina con la misión de promover su uso. En 2007, tres tribunales de la región de Bulacan decidieron la utilización del Filipino en lugar del Inglés.

¿Cuál ha sido el resultado del gradual “acorralamiento” del Inglés? Según un reciente artículo de The Economist (“E for English”, 4 de junio pasado), ya en 2004, 4 de cada 5 maestros suspendió el examen de lengua Inglesa. La idea de expandir la industria de los “call centre” está topando con el problema de que 9 de cada 10 candidatos (la mayoría de ellos graduados universitarios), no dominan correctamente el Inglés. Aunque el Inglés aún sea utilizado, el “nacionalismo lingüístico” ha conseguido que las nuevas generaciones ya no sepan utilizarlo suficientemente bien. Los filipinos, que gozaban de la suerte de dominar el idioma global, que decenas de millones de personas en todo el mundo pagan por aprender, “gracias” a un nacionalismo mal entendido han perdido tal privilegio.

El costo es, por tanto, múltiple: se pierden inversiones, se malogran oportunidades de empleo, se gasta en la “promoción” del idioma “nacional” y se pagará por aprender lenguas universalmente utilizadas. ¿Es exagerado pensar que este es el futuro que espera a Cataluña y sus nuevas generaciones? No creo. ¿Aceptará en el futuro el nacionalismo que sus jóvenes vayan a “España” para aprender español? ¿O preferirá subvencionarlos para que ese aprendizaje se haga en Latinoamérica?

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