Mucho ganado, mucho que perder (a propósito del 20º aniversario de la caída del Muro de Berlín)

13 noviembre 2009 at 10:51 Deja un comentario

(traducción linterpretativa del Editorial de The Economist “So much gained, so much to lose” del 7 de noviembre de 2009)

Aún para aquellos que confiaban en un triunfo de Occidente, la caída del Muro de Berlín resultó sorpresiva y accidental. Cuando 200.000 alemanes del Este aprovecharon la decisión de Hungría de abrir sus fronteras para pasar a Alemania Occidental, el gobierno comunista germano decidió también modificar las restricciones que había para viajar. En una rueda de prensa, consultado sobre la puesta en marcha de esas medidas, el ministro de Propaganda dijo “por lo que yo sé, son efectivas de inmediato“. Tan pronto como la noticia se difundió por TV, los incrédulos berlineses del Este salieron a la calle. Los perplejos guardias de la frontera, que unos días antes hubieran disparado a sus “camaradas”, dejaron que la multitud pasara, y así el Muro empezó a caer. El canciller alemán, Helmut Kohl, también fue sorprendido: estaba fuera del país.Berlin.wall.Reagan.teardown-speech

La caída de la Cortina de Hierro el 9 de noviembre de 1989 es aún el hecho político más destacado en la vida de la mayoría de las personas: no sólo liberó a millones de personas, sino que permitió concluir un conflicto que amenazaba con la aniquilación nuclear. Para los liberales de Occidente (entre los que se cuenta ese blog, Mi Estrado), ese hecho continúa siendo un símbolo tanto de lo que se ha ganado como de lo que aún merece la pena luchar por conseguir.

Las últimas dos décadas mostraron un avance de la libertad económica mucho mayor que de la libertad política. Ya no se habla de un nuevo y pacífico orden mundial: han emergido nuevas divisiones, sea por nacionalismo, religión o simple “miedo por el otro”. Lejos de hacer de la democracia un valor inexpugnable, muchos países (China, la mayoría del mundo árabe e incluso algunos ex comunistas) han seguido siendo regímenes descaradamente autoritarios. Cuando los líderes occidentales visitan Moscú, Riyadh o Pekín, apenas susurran la defensa de los derechos humanos. Predomina la idea de que esos regímenes van a persistir.

En cambio, la “globalización”, esa palabra que engloba el libre movimiento de mercaderías, capitales, personas e ideas alrededor del globo, se ha convertido en el principio rector del comercio mundial. Aunque eso no implica que sea universalmente aceptado (basta recordar las dificultades de la ronda de Doha), son pocos los sitios que se oponen abiertamente. En el campo económico, el antiliberalismo se camufla con los intentos de “adaptarlo”, como el “capitalismo con características chinas”, el “comercio justo”, etc. Aún en la crisis, nadie duda de que el mundo estará cada vez más integrado.

No es difícil entender el por qué. Hace 20 años, los alemanes del Este no pasaban en masa al Oeste sólo para escapar de la Stasi (policía secreta); también iban en busca de neveras, vaqueros y Coca.Cola. Y si bien la globalización se inició antes de la caída del Muro, esta la aceleró. Sin la caída del Muro, la globalización significaría mucho menos, pues media Europa aún estaría encerrada. Además, es probable que grandes países emergentes con instintos estatistas (Brasil, China, India), hubiesen sido mucho más lentos para abrir sus economías de haber estado disponible una alternativa más o menos creíble.

A raíz de la crisis financiera, es habitual que se juzgue al capitalismo según los excesos de un puñado de banqueros. Pero cuando los historiadores escriban el último cuarto de siglo, Lehman Brothers ocupará muchas menos páginas que el enorme éxito de haber sacado a unos 500 millones de personas de la pobreza para convertirlas en algo más parecido a una clase media.

En el fondo, la libertad económica y la libertad política estánV-Cumbre-America-Latina-Caribe unidas. No tanto como se suponía hace 20 años, pero unidas al fin. Hacia el futuro, es seguro que la clase media china va a desear una libertad más allá de la económica. El cambio puede ocurrir otra vez de manera inesperada, como en 1989. Aún la má temible estructura represiva puede tarde o temprano agrietarse. Antes fue Ceausescu, mañana puede ser Castro, Ahmadinejad o Mugabe, otro día Chávez o incluso Hu.

El riesgo es que la brecha puede cerrarse “mal”, es decir, por un retroceso de la libertad económica. Para los liberales, eso significa aceptar que la victoria del capitalismo sobre el comunismo no cuenta con un apoyo incondicional de la sociedad. El propio funcionamiento del capitalismo deja grupos visibles de perdedores (por ejemplo, los trabajadores de una fábrica de neumáticos que quiebra), pero los mucho más numerosos ganadores (los miles que conducen coches más baratos) quedan dispersos. Y el capitalismo siempre ha sido propenso a burbujas y crisis.

La política continúa siendo, sobre todo, un hecho local. La integración económica no ha tenido un correlato político. EE.UU., el “garante” del actual sistema, va perdiendo influencia precisamente por el avance de la globalización. Gracias a su generosidad para exportar las claves de su éxito, ahora China y otros países se le están acercando. No extraña entonces que haya un resurgir porteccionista en EE.UU.

Muchas veces, el orgullo herido o la xenofobia prevalecen sobre la lógica económica. ¿Por qué, si no, Rusia amenaza a quienes importan su gas? ¿Por qué los británicos demonizan la UE? Si prevaleciera la razón, China no provocaría  viejos rencores contra Japón, ni habría financiación en países árabes para grupos terroristas. Mucho hombres de negocios deberían recordar cómo describía Keynes a un londinense próspero en 1914: tomando su desayuno en la cama, mientras por teléfono movía mercancías por el mundo, considerando la globalización como algo “normal, cierto y permanente, sólo inclinado a progresar más”, despreocupándose del “militarismo y las rivalidades raciales y culturales” como simples “divertimentos periodísticos”.

Reconocer los defectos políticos de la globalización debería redoblar la determinación de los liberales a defenderla, para cerrar “bien” la brecha: elevando la libertad política hasta ponerla a la par de la libertad económica. Eso conlleva muchas tareas simultáneas, desde promover la defensa de los derechos humanos, hasta el diseño de políticas de empleo más eficaces. También requiere defender los enormes beneficios que trajo el capitalismo al mundo desde 1989 de manera mucho más enfática que como lo han hecho los líderes occidentales. Y, sobre todo, recordar que nada de lo conseguido debe considerarse como un logro definitivo.

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