Una idea para Zapatero II: cómo arreglar el futuro de las pensiones

16 abril 2010 at 17:53 Deja un comentario

El 9 de febrero publiqué un artículo en el que afirmaba la necesidad de reformar el sistema de pensiones español. Dejarlo como está es inviable desde un punto de vista financiero. El 18 del mismo mes, en otro artículo, comenté que, aún llevándose a cabo las medidas insinuadas por el gobierno en este terreno  (elevar la edad mínima de jubilación a a 67 años, ampliar de 15 a 17 años el período mínimo de cotización y calcular las prestaciones en función de los últimos 25 años cotizados en lugar de los actuales 15), se habría realizado, aún aceptando los muy optimistas supuestos utilizados, poco más de la mitad del esfuerzo necesario para asegurar la viabilidad del sistema. Es decir que el “plan” del gobierno en lo que hace al futuro de las pensiones consiste, como máximo, en postergar el problema.

En lo que sigue, continuando con la aportación de ideas a un gobierno carente de ellas que pretende que todo se arregle en “mesas de diálogo”, esbozo una solución al desequilibrio del sistema de pensiones. No perdamos de vista, como punto de partida, que la Comisión Europea sitúa a España con “un riesgo alto en lo que respecto a la sostenibilidad a largo plazo de sus finanzas públicas” (Sustainability Report 2009, página 108).

Como ya fue explicado, el sistema de pensiones de España es de “reparto“. Dado que el esfuerzo necesario para mantenerlo en marcha sería demasiado costoso, parece adecuado un nuevo planteamiento. En los sistemas de previsión, la alternativa a los regímenes de “reparto” la constituyen los esquemas de “capitalización”. En estos, cada individuo constituye una reserva, que se va capitalizando. Al final de su vida activa, su prestación queda directamente vinculada al volumen de su ahorro capitalizado. Algo similar a cómo funcionan los planes de pensiones. No obstante, los regímenes previsionales no tienen por qué ser totalmente de reparto o de capitalización. Las variantes “mixtas”, entonces, dan origen a un amplio abanico de fórmulas.

Una alternativa innovadora para asegurar completamente la viabilidad del sistema, realista y equitativa, sería convertir el sistema público español en uno mixto. En este esquema coexistirían un componente “solidario” (de reparto), asegurando a cada futuro jubilado una prestación básica, y un componente de “capitalización”, por el cual cada uno verá complementada su prestación básica en función de lo que haya ahorrado en el sistema público (a lo que podría sumar su ahorro en un plan de pensiones privado).

Dentro de ese marco se abren varias posibilidades. Por ejemplo, la prestación básica podría ser igual para todos o variar según lo que se haya cotizado. En cuanto a la capitalización, también hay varias alternativas, aunque parece más simple que la Seguridad Social capitalice los ahorros de quienes cotizan con un tipo de interés de corto plazo (Euribor a 6 o 12 meses). Podría darse la posibilidad de realizar aportaciones voluntarias extra o no.

Al vincularse el nivel de la prestación con el dinero aportado (ahorrado), dejaría de tener sentido la discusión sobre la forma de calcular las prestaciones. El propio trabajador estará interesado en prolongar su vida laboral, no ya por una imposición legal, sino para potenciar, con su mayor ahorro, su futura prestación. En igual sentido, el hecho de saber que una parte de la cotización se acumula en una cuenta individual, incentivaría la cotización (de quienes trabajan de modo informal) y estimularía a los trabajadores a rechazar el pago de salarios “en B”.

La transición del actual sistema público de reparto a un sistema público mixto como el aquí sugerido (que en nada modifica el funcionamiento de los planes de pensiones privados que, en todo caso, deberían potenciarse) es el aspecto técnico más complejo. Sin embargo, a diferencia de reformas similares realizadas en Latinoamérica (Chile, Perú, etc.), al ser el propio Estado el que realizaría la capitalización, la transición podría financiarse de modo no traumático.

Una reforma de las pensiones como la sintetizada aquí tendría un impacto favorable sobre el mercado de trabajo. Ese impacto tendría dos vertientes principales:

a. Directo: al hacer más visible el beneficio de cotizar contribuiría a que aflorara el empleo informal (los que trabajan sin cotizar). La formalización de las relaciones laborales favorecería otros aspectos, tales como la seguridad en el trabajo, etc. Por otra parte, si recordamos que la proporción de la población total que trabaja o busca empleo (tasa de actividad) es más baja en España que en otros países de la UE, la reforma de las pensiones también incentivaría la incorporación a la vida laboral.

b. Indirecta: avanzar hacia la sostenibilidad del sistema conlleva afianzar la estabilidad a largo plazo de las cuentas públicas. Precisamente, la percepción sobre esa estabilidad es un componente esencial del riesgo que un inversor evalúa a la hora de adquirir un título de deuda de un país. La reforma de las pensiones, al despejar la mayor parte de la incertidumbre sobre el futuro de las finanzas públicas, contribuiría a la reducción de la prima de riesgo exigida por el mercado a los títulos públicos españoles y, con ella, a la caída de los tipos de interés. La caída de los tipos de interés, al favorecer la inversión, es un poderoso mecanismo de creación de empleo.

De lo anterior se desprende que el efecto positivo de encarar una reforma como la sugerida, además de asegurar el futuro del sistema de previsión, contribuiría a reducir el paro por la caída de los tipos de interés y la mayor inversión que trae aparejada una mayor certidumbre sobre el futuro de las finanzas públicas.

Desde hace semanas, la economía sufre sobresaltos derivadas de los problemas de Grecia y la semejanza que en los mercados financieros se hace entre la situación de ambos países. Ese contexto resulta ideal para anunciar con determinación una reforma como la aquí resumida, pues demostraría con “hechos” que “España no es Grecia”. Desde hace semanas también, el gobierno prefiere seguir el camino de las “palabras”, dejando escapar esta oportunidad.

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