El ajuste de salarios por la inflación explica por qué España tiene más paro e inflación que la zona euro

8 febrero 2011 at 18:47 Deja un comentario

Imaginemos un asalariado que fabrica sillas y que, cada mes, realiza una producción de 100 unidades. Haciendo a un lado, por simplicidad, la existencia de impuestos, rentas y otros elementos incluidos en el precio, es claro que el salario de este trabajador no debería superar el valor de 100 sillas. Si tal fuera el caso, de “algún lado” tendría que surgir la diferencia: menor rentabilidad (haría caer la inversión, y con ella el empleo), aumentos de precio (mayor inflación y pérdida de competitividad), endeudamiento/quebranto (la empresa tendería a desaparecer).  Sea cual fuere la forma de financiar esa diferencia, es claro que sólo podría hacerse por un tiempo, bien porque la empresa tendería a quebrar, o bien porque sería desplazada por competidores (locales o extranjeros) más eficientes.

¿Cómo podría, entonces, aumentar de manera “sostenible” el salario? Aumentando la producción de sillas: si el trabajador en cuestión lograra producir (en el mismo tiempo de trabajo) 110 sillas, su salario podría crecer hasta en una proporción similar. No se trata de que el trabajador trabaje a un ritmo afiebrado ni poniendo en riesgo su salud. La mayor producción por empleado (mayor productividad) podría lograrse, por ejemplo, a partir de una mejor organización del trabajo, la compra de herramientas que faciliten la tarea, etc.

El aumento sostenido de la productividad es lo que caracteriza a los países prósperos, gracias a la cual pueden tener salarios con un poder adquisitivo que no podría ni haberse imaginado. Entre 1995 y 2010 esta variable creció, por ejemplo, más de un 10% en Alemania, Portugal y Francia, más de 20% en Reino Unido y más de 50% en los países del Este europeo. A la inversa, su estancamiento es la razón última de las penurias que sufre España: en 2010 cada ocupado realizó una producción equivalente a la registrada en 1995. Algo similar podría decirse de Italia.

Supongamos que una ley obliga a incrementar el salario al mismo ritmo que la inflación. Tal reajuste introduce en la fijación del salario un elemento que nada tiene que ver con la producción de cada asalariado. La sostenibilidad de la empresa y el empleo pasa a depender del ritmo al que crezcan los precios al consumo (el IPC) en comparación con el precio de las sillas. Si el IPC sube más de prisa que el precio de las sillas, el reajuste obligado equivaldría a incrementar el salario sin que el empleado aumentara el número de sillas producidas, lo que se ha visto es insostenible. Si ocurre lo contrario (si una demanda genuina de sillas elevara su precio más que el de los demás bienes), se estaría obligando al asalariado a percibir un salario inferior al que podría cobrar.

Este ejemplo elemental muestra que el valor del salario y sus variaciones sólo deberían estar ligados con el valor de la producción que ese mismo salario contribuye a generar (la productividad del trabajo) porque ese es el único vínculo real. En ese contexto, exigir el reajuste del salario por el IPC tiene tanto sentido como ligarlo a la evolución del IBEX 35, el precio del oro o la cotización de la corona danesa.

Sin dudas, la intención del legislador al aprobar cláusulas de ajuste salarial según la inflación pasada fue buena, pues pretendía mantener el “poder adquisitivo”. Ahora, la presencia de un Banco Central Europeo con el objetivo explícito de mantener la inflación por debajo del 2% anual hace que la necesidad de “defender el poder adquisitivo” no parezca necesaria.

Más importante, la realidad en la España de 2011 sugiere que esa cláusula genera más problemas que soluciones. En primer lugar, el reajuste salarial por la inflación encarece el precio del trabajo (hace más cara la contratación) cuando hay casi 5 millones de desocupados. Al mismo tiempo, el mismo reajuste genera una nueva presión inflacionaria, que perpetúa el aumento de los precios (eso explica, al menos en parte, por qué en 13 de los últimos 14 años España tuvo más inflación que la zona euro). Algunos dirán que esa mayor inflación no es preocupante para los asalariados, precisamente por la cláusula de reajuste. Entender eso sería un error, pues aunque el salario quedara protegido de una mayor inflación, no lo estarían los ahorros de esos asalariados, que perciben hace años unos tipos de interés menores que la inflación.

Al contribuir a remover una de las causas del mayor paro e inflación que sufre España en comparación con sus socios europeos, la supresión del ajuste de salarios según la inflación sería beneficiosa para el conjunto de la sociedad. Al mismo tiempo, implicaría a los sindicatos en la lucha por mejorar la productividad.

Quien aún crea que la cláusula en cuestión es “positiva”, que intente convencer de eso a los parados y a los pequeños empresarios en asfixia financiera. Y que explique a los demás por qué es bueno que España siga siendo el único país de la zona euro que la mantiene a pesar de sus lamentables resultados.

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